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Los mercadillos son una de las tradiciones más arraigadas en Bohemia, como en muchos otros lugares de Centroeuropa. Los ha habido siempre, dedicados a la Navidad o a la Semana Santa, a las frutas que se acaban de recoger o a las más variopintas especialidades artesanas. Los de diciembre, sin embargo, están cargados de luz y de historia. Según dicen entre las casetas, está prohibido vender objetos de importación, plástico ‘made in China’, y todo lo que podemos hallar en una tarde de compras de origen local. «Es nuestro sello de identidad», afirman.
La bucólica imagen de Cesky Krumlov convierte la ciudad en diciembre casi en un belén donde las casitas, el río, el palacio, las posadas… parecen estar cuidadosamente distribuidos por su plano urbano. Pasar unos días en esta ciudad de Bohemia del Sur es como sumergirse en un mundo de ilusión, especialmente cuando la nieve cubre de blanco sus calles y tejados, creando un ambiente mágico que nos hace sentir como niños otra vez.
Desde el 1 de diciembre hasta el 1 de enero de 2024, la Navidad se adueña de cada rincón de la ciudad, ofreciendo experiencias como los coros de villancicos, las visitas de San Nicolás entregando regalos y la recepción de las cartas destinadas al Niño Jesús. También es posible sumergirse en el espíritu del pasado vistiendo trajes de época para capturar recuerdos en el Museo Foto-ateliér Seidel, navegar en una balsa navideña por el río o saludar a los osos en el foso del castillo.
En la noche del 5 al 6, cuando comience el tiempo de Adviento, las calles se llenan de ángeles y demonios, y de personajes vestidos de San Nicolás, el hombre bueno que reparte regalos a los niños que lo merecen y deja a los malos en brazos de los diablillos. En el mercadillo no falta el aroma a castañas asadas, a dulces con almendras.


Cesky Krumlov, fundada en el siglo XIII, una bellísima y bien conservada ciudad medieval a orillas del Moldava
Cesky Krumlov está incluida en la lista del patrimonio mundial de la Unesco, y su castillo es el segundo más importante de la República Checa, después del de Praga, con no menos de trescientas estancias, incluidas las habitaciones de la familia Rozmberk, decoradas con bóvedas de madera y murales renacentistas. El paseo desde el puente que cruza el Moldava, caudaloso y aún libre del abrazo del hielo, nos traslada al Medievo sin necesidad de cerrar los ojos. Abundan los objetos de madera en las tiendas, y la artesanía local en el tradicional mercadillo de la plaza, justo enfrente de la iglesia de San Vito, un edificio gótico de principios del siglo XV. Un poco más allá, una vista general del río, el castillo y el centro histórico deja con la boca abierta a los viandantes.
La ciudad es quizá la principal atracción turística del país, tras la capital. Su imponente castillo sigue dominando un conjunto urbano de bellas plazas, puentes, arcos, fuentes, la clásica columna de la peste, habitual en muchas ciudades checas, y unos edificios cuyas fachadas sorprenden con sus molduras y pinturas. El paso por el recorrido del castillo es libre y permite disfrutar de unas vistas fantásticas del casco viejo desde el puente Plastovy Most, que une los patios principales con los jardines, el parque y el teatro barroco, otra joya arquitectónica por sus detalles decorativos. Sus frescos y estatuas, así como su carpintería visible en los seis decorados de óperas originales y su tenue iluminación, hablan de un escenario que se ha conservado milagrosamente desde el siglo XVIII por el que pasaron los mejores artistas italianos, franceses y centroeuropeos.
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