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Joya imponente del gótico, auténtico cofre que atesora en su interior elementos renacentistas, barrocos… merecedora de la más alta catalogación como Patrimonio de la Humanidad, la Catedral de Santa María se alza como todo un símbolo de Burgos. Porque hablar de Burgos es hacerlo de su catedral, pero también de mucho más. Cruce de caminos, paso de la Ruta Jacobea que a lo largo de los siglos han pisado millones de peregrinos siguiendo la estela de Compostela, sus calles son ya una ruta en sí misma por las que perderse para encontrarse. Hallar en las estrechas y abigarradas rúas del centro sus lugares más emblemáticos y hacerlo entre tapa y tapa. Porque Burgos luce con orgullo desde 2015 el cartel de Ciudad Creativa de la Gastronomía, otro ‘patrimonio’ reconocido por la Unesco a las orillas del Arlanzón, el río junto en el que se levanta el Museo de la Evolución Humana, el ‘hermano’ moderno de los vecinos yacimientos arqueológicos de la Sierra de Atapuerca, otro de los diamantes en el selecto club de la máxima distinción mundial.
Herencia de un pasado que sigue vivo y con el que mirar al futuro. Como los burgaleses lo han hecho a lo largo de la historia, desde esa ciudad medieval que se atrevió a salir de sus murallas para abrazar los avances técnicos, la cultura y la riqueza económica del Renacimiento; supo superar la decadencia y adentrarse en el camino industrial. Cultural e industrial, observa el porvenir como esa urbe media europea, ésas que sufren la pérdida de población o el envejecimiento, pero que también tiene claro que es la escala adecuada para el desarrollo sostenible.
Su ‘renacer’ con un nuevo ‘Renacimiento’, precisamente el lema del proyecto con el que Burgos aspira a ser Capital Europea de la Cultura 2031, conjugando tradición y vanguardia, buscando el diálogo entre provincia y ciudad, potenciando la conexión con Europa y poniendo el acento en la era cultural, en las personas, el deseo de colaborar, compartir…
Éxtasis para los sentidos
Porque de eso saben y ejercen los burgaleses y hacen sentir como uno más a quienes llegan. Y nada mejor que hacerlo en torno a una de sus tapas en sus más de 700 bares, tascas, asadores y restaurantes. Todo un éxtasis para los sentidos, desde la vista al olfato y, sobre todo, el gusto, con opciones para todos los paladares. No falta su celebérrima morcilla, la ración de morro, los tigres, las indispensables patatas bravas, los ‘cojonudos’ y ‘cojonudas’, los ‘vinagrillos’… Así que mejor no repetir. A pie de barra, sentados, acompañando a una caña, vino -que de eso también saben, con dos Denominaciones de Origen con sello burgalés, Ribera del Duero y Arlanza- o su típico ‘Marianito’, ese trago de vermú en vaso pequeño con hielo, piel de limón y una o dos aceitunas en un palillo.
Tapear y turistear todo en uno, caminando o también en bicicleta, dejando un hueco para las compras, que de moda también saben en la cultural e industrial ciudad del Cid. Y en tres días es posible. ‘#72 horas para disfrutar Burgos’, un completo recorrido desde sus parques de la Isla o La Quinta al Monasterio de las Huelgas Reales, la Cartuja de Miraflores, el mirador del castillo y sus galerías subterráneas. Deambular, embelesarse y deleitarse -no olvidarse de la visita a sus mercados- desde el paseo del Espolón, a la plaza del Rey San Fernando, franqueando el Arco de Santa María, a Sombrerería o la emblemática calle San Lorenzo; sentirse un peregrino más del Camino y el buen yantar o vivir el pasado desde el sabor del presente y la mirada al futuro.
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